LA EMBAJADA AL SHAH ABBAS
DE DON GARCÍA DE SILVA Y FIGUEROA

Dr. Luís Gil Fernández

 

En un trabajo anterior (=ED) me ocupé de los antecedentes, de los fines y de la larga gestación de la embajadaenviada en 1614 por Felipe III, rey de España y Portugal, al shah Abbas de Persia y publiquélos informesremitidos a la corte española por su embajador, Don García de Silva y Figueroa, custodiados en el Archivo General de Simancas (=AGS), sección Estado (=E). Mi estudioterminaba en el momento en que dejé embarcado en Lisboaal embajador rumbo a Goa. Es mi intención ahora referir los incidentes de dicha embajada sobre la cual se cuenta con abundantes fuentes de información.La fundamental, aunque muy poco conocida, es el relato en forma casi de diario que a imitación de César nos ha dejado de su legación el propio don García (= Com.), completado ahora por su correspondencia diplomática. Le siguen en importancia los documentos portugueses: los recogidos en los “Livros das Monções” (=LM) y las diez Relaciones manuscritas de un anónimo soldado (=Rel.), tal vez Gutierre de Monroy, acompañante del embajador, que se guardanrespectivamente en la Torre do Tombo y enla Biblioteca Nacional deLisboa (=BNL).Son importantes también las noticias deparadas porPietro della Valle (=La Persia I, II), fray Hernando Moraga (=RBE) y por las cartas e informes manuscritos de los misioneros agustinos y carmelitas de Ispahan conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid (=BNM) y en el Archivo General de los Carmelitas de Roma (=AGC).

I. La estancia en Goa

Silva zarpó de Lisboa el 8 de abril de 1614 con el Cocha Sefer (Cogia Sefer, La Persia II 49) en la nao capitana de una flota de cinco galeones. Fue el Cocha quien le puso al corriente de cómo había falsificado Roberto Sherley la carta del rey de Persia para cobrar los dineros que sus factores en Europa le debían y también quien le dejó convencido de que el personaje era un perfecto falsario. Llegado aGoa el 6 de noviembre de 1614no pudo embarcarse rumbo a Ormuz hasta el 21 de marzo de 1617 , detenido bien por las circunstancias adversas, bien por los impedimentos puestos a su partida por el virrey, don Jerónimo de Azevedo, el arzobispo y elcapitán de Ormuz, don Luis de Gama.

A su llegada encontró el embajador a la ciudad en pie de guerra (ED, doc. 16, p.189) contra el Mogor (Mogul) y el Melique de Chaúl. El Mogor, ofendido por haber apresado el virrey una nave suya que transportaba peregrinos a la Meca, había decretado el boicot comercial a las alfándegas de Diu, Goa y Ormuz y otro tanto había hecho el Melique de Chaúl, irritado porque los portugueses habían interrumpido el pago de ciertos derechos comerciales que venía percibiendo.Don Jerónimo de Azevedo, por su parte, estaba aprestando una flota (aunque a Silva le ocultase su objetivo) para ir contra los ingleses de Surrate (Surat). Si el año anterior habían venido a comerciar en dicho puerto dos navíos ingleses, en septiembre de 1614 se habían presentado allí cuatro, lo queconfirmaba en don García la sospecha de que Sherley había dejado concertado en Inglaterra el trato “con algunos mercaderes y corsarios” (ibid., p. 189). Pero la operatividad de la fuerza, puesta en pie de guerra por Azevedo, suscitaba en Silva grandes dudas.

En lo tocante a su misión, Silva informaba que a los pocos días de su estancia en Goa se había recibido carta del capitán de Ormuz, con la noticia del asedio de Comorán (Combru, La Persia II, 466, Hormozgan) y con una petición de socorro al virrey de la India. Por su parte, los portadores del mensaje dieron cuenta de la invasión de Quéixome (Qeshm), y el embajador del Hidalcán notificó que Abbas les había pedido a todos los reyes de la India que les hiciesen guerra a los portugueses para impedirles llevar ayuda a los de Ormuz. En vista de esta inesperada situación, el embajador decía que estaba esperando a ver cómo evolucionaba, porque si iba a peor consideraba imposible proseguir su embajada (ibid. p. 191). Silva enumeraba las razones que le habían movido al persa a hacer la guerra,y al largo informe añadía un post scriptum de su puño y letra. Por confidencias fidedignas se había enterado de que el día anterior (13 de diciembre de 1614) le había llegado al virrey noticia cierta de la toma de la fortaleza de Comorán y de la isla de Quéixome. El persa tenía preparado un gran número de terradas para invadir Ormuz. Puesto inmediatamente al habla con el virrey, éste negó en principio haber recibido semejante mensaje, aunque después se le escapó decir que la fortaleza de Ormuz no se perdería porqueel enemigocarecía de artillería (ibid. P.S., p.194).

En la ausencia del virrey, quedó Silva a merced del arzobispo de la ciudad, que ni le dio embarcación para Ormuz, donde quería recibir nuevas instrucciones, ni adelanto alguno a cuenta el dinero que allí debía percibir. Pasaba así el tiempo con lentitud exasperante y don García se iba convenciendo cada vez más de lo poco que les gustabaa los ministros de Su Majestad en la India que el embajadorcumpliese con su cometido en Persia. Esto era muy comprensible, dada la situación. Pero lo que sus ojos veían le indicaba que mediaban también otras razones poderosas para que las autoridades de la India llevaran tan a mal su presencia. Muy especialmente, el temor de que un representante directo del monarca, que en última instancia venía a defender los intereses de Portugal, fiscalizase los actos de sus ministros y diera informes de primera mano sobre su ineptitud, falta de previsión y rapacidad. Las repetidas misivas que Silva enviaba a la corte, por tierra y por mar, para explicar las razones de su demora no llegaban a su destino.

Tras el regreso en 1615 de la desdichada expedición del virrey don Jerónimo de Azevedo a Surrate, Don Garcíavolvió a importunarle con la pretensión de pasar a Ormuz. Tampoco tuvo éxito. Ese mismo año, aunque el embajador por pudor no lo cuente en sus Comentarios, su sobrino y lugarteniente en la embajada, don Fernando de Silva y su criado Bernardo de Heredia, se vieron involucrados en el asesinato de su mayordomoBaltasar Vázquez de Neira el 29 de octubre de 1615. El embajador tuvo que pasar por la humillación de ver cómo uno y otro se substraían a la acción de la justicia con la complicidad de las autoridades portuguesas que les facilitaron la huida. A finales de febrero de 1616, un nuevo disgusto vino a acrecentar la desazón de don García. Roberto Sherley y fray Redento de la Cruz que enviaba Abbas a España como embajadores suyos fueron recibidos en Goa con “aparato y fiestas”, sin que de nada hubieran valido las advertencias del embajador de no darles acogida, ni en Ormuz, ni en la India.Los carmelitas de Ispahán, rivales de los agustinos, para congraciarse con el shah, habían apoyado a don Roberto frente al agustino fray Melchor de los Ángeles que Abbas pensaba enviar en embajada a España (ED, doc. 30, pp. 228-229) junto con Asem Bec (Hoseyn Beg Zu'l Qadar).

Fray Melchor, sin embargo, era hombre obstinado. Presentó un memorial al soberano persa impugnando la designación, pero no le fue admitido. Tampoco se le permitió de momento enviar un fraile de su orden a España y otro a Goa, pues el persa se maliciaba que portarían noticias deformadas de los hechos. Pero, a la postre, la terquedad de fray Melchor consiguió que fray Juan Tadeo, vicario de los carmelitas, en persona y el mismísimo Roberto Sherley persuadieran al iraní a dar su asentimiento a esta última solicitud, a condición de quedarse en Ispahán el propio fray Melchor y el prior de su convento “en rehenes y como pressos” (ibid., p. 229). Por uno de esos frailes agustinos pudo enterarse don García de todos esos tejemanejes y de las ofertas que iba a hacer al rey de España don Roberto en su nueva misión. Silva advertía del peligro que amenazaba a Ormuz, una vez dueño Abbas de Bahrein (Bahrain), del reino de Lara (Lar) y la tierra firme del Comorán. Notificaba también que se había comenzado a construir una fortaleza en la ensenada de Guadel (Gwadar), a mitad de camino entre el Sinde y Ormuz, lo que permitía adivinar que las intenciones de Abbas eran las de arrebatarle el comercio a dicha plaza.

El 22 de octubre de 1616 el embajador recibía una carta del rey en la que se le ordenaba realizar su jornada, puesto que la guerra de Persia ya daba lugar a ello, y le comunicaba que mandaba al virreydarle todo el despacho necesario en Goa(Com. I, p. 223). Con dicha carta en la mano, le pidió una vez más a don Jerónimo de Azevedo embarcación para Ormuz, encontrándose con los mismos engaños e hipocresíasque se pudierantenercon un enemigo de su rey (ibid). Visto que pasaba el tiempo y se corría el riesgo de perder el monzón de 1617, que empezaba el 15 de febrero y terminaba en marzo, se embarcó el 21 de éste mes por cuenta propia en una pequeña nave de un mercader de Basain (ibid.), poniendo proa a dicha plaza.

II. La jornada de Persia

Tras una accidentada navegación y una escala en Mascate (Masqat), el embajador llegó a Ormuz el 29 de mayo de 1617. Tampocole recibióel capitán de dicha plaza, don Luis de Gama, con excesiva cordialidad. Silva se iba afianzando en el convencimiento de ir a un fracaso con su mensaje de paz a un rey “aunque con aparençias exteriores de amistad, esencialmente enemigo” (Com. I, p. 269)y sólo la orden regia de cumplir su misión recibida en Goay otra en los mismos términos que le llegó en Ormuz (ED, docs. 28, 32, pp. 224 y 233, LM11, fol. 111, y 12, fol. 484) leanimaron a seguir adelante. Así que escribió a los gobernadores del Bandel (Bender, La Persia II, p. 64), Lara (Lar) y Xiras (Shiraz) que le preparasen los camellos y los bagajes necesarios en tierra firme y, cuando tuvo noticia de que estaban ya dispuestos, embarcados los regalos que de España y de la India llevaba, pasó al Bandel el 12 de octubre de 1617(Com. I, p. 270, 8 de Mayo Rel. 31v).

Allí fue recibido por el gobernador Casem Bec (Qasem Beg) que le alojó con los suyos en tiendas junto a las ruinas de la fortaleza de Comorán que contempló con la melancolía imaginable. En el Bandel (Bender) le fue preciso demorarse unos días hasta adquirir los caballos necesarios para él y su séquito y reunir el número de camellos suficiente–cerca de cuatrocientos–para transportar la ingente impedimenta que llevaba consigo. El día 19, a la caída de la tarde, la caravanapartió hacia Lara (Com. I, p. 274). Para evitar los tórridos calores, se recorrían de noche los trayectos que separaban los distintos caravasares en los que se iba recogiendo. Con precisión de geógrafo y de naturalista, de etnólogo, de historiador y de anticuario Silva describe día a díacuanto sus ojos contemplaban. La impresión de objetividad que su relación produce en el lector es tangrande, que se diría que no se dejó nada en el tintero. Y sin embargo, se puede comprobar que no siempre procede con la imparcialidad del cronista. Silva no se refiere casi nunca a sus colaboradores por su nombre, ni les prodiga censuras o elogios. Se calla losroces personales surgidos a lo largo de la jornada o los menciona de pasada, restándolos importancia:por ejemplo, los choques con sus criados y con el secretario de la embajada, Juan de Ozaeta. Los conocemos gracias a la maliciosa indiscreción de fray Melchor de los Ángeles, cuyo testimonio, poco favorable a su persona, nos lo revela como hombre autoritario, despectivo y distante con sus subordinados. El embajador– comenta el religioso (ibid., fol. 520r-v)–por cualquier falta que cometían sus criados, enviaba a llamar a la justicia de los “moros” y se los entregaba para que los metieranen la cárcel. El gusto por la erudición y la curiosidad intelectual le inducen también a Silva aomitiralgunas de sus diligencias, tal como si hubiera sido enviado a una expedición científica o arqueológica y no en misión diplomática.Por ejemplo,no cuenta que escribió desde Ormuz a fray Melchor de los Ángeles para que, con el aviso de su inminente llegada como embajador directo del rey de España, impidiera que el shah hiciese el acuerdo comercial que habían venido a negociar los ingleses a la corte persa (AGS E 265, sin foliar).

Con todo, estos pequeños fallos no desmerecen la calidad de los Comentarios que entre los libros de viaje ocupan un muy discreto lugar. Sigamos, pues, per summa capita la jornada de nuestra caravana. Ya de camino, el día 27 de octubre de 1617, encontrándose ésta en el caravasar de Charchap a poca distancia de Lara, vino a su encuentro fray Melchor de los Ángeles con una “prouisión muy amplia” de Abbas, “que en su lengua persiana llaman parauana, para que al Embaxador y toda su familia, camellos y bagajes se le diessen mantenimientos y todo lo necesario para su viaje”(Com. I, p. 287) . Efectuóse al día siguiente la entrada en Lara, donde Silva fue recibido y agasajado por el gobernador Chamberbec (Qanbar Beg).Desde Lara a Xiras el viaje prosiguió con algunas curiosas incidencias. Enla ciudad de ‘Çafhra’ don García se tomó un pequeño descanso, dejándose arrullar por las evocaciones que le suscitaba de su Zafra natal en Extremadura (Com. I, pp. 321-323). El 24 de noviembre se efectuó la entrada en Xiras. Como los rigores del frío se echaban encima, Silva decidió invernarallí y no reemprendió la marcha hasta el 4 de abril de 1618. Durante la estancia de tres meses, sededicó a visitar la ciudad y sus alrededores. Allíconoció el trato que daba el shah a sus prisioneros en la persona del hijo del rey de los chacatais y en la de la madre y los dos hijos de ocho y nueve años de Timuras I de Kakheti (a quien Silva llama Tamarascan). Puede reprochársele que por cautela rehuyera todo trato con aquella infeliz señora, declinandolas invitaciones que le hacía por medio de su confesor, un fraile de la orden de San Basilio, llamado Moysén (Com. I, p. 362).

A don García se le olvida referir que fray Melchor de los Ángeles y al menos uno de los frailes que se le unieron en Ormuz, fray Luis de Ribera, no se quedaron en Xiras, sino que prosiguieron su viaje a Ispahán (Isfahan), sin arredrarse por las inclemencias del invierno persa. Y el detalle tiene su importancia. Con fecha del 18 de enero de 1618, fray Melchor le entregó a fray Luis, que por tierra se encaminaba a España, una carta para don Juan Ciriza, secretario mayor del Consejo de Estado, en la que criticaba con durezala lentituddelembajador. Su demora de seis meses en Ormuz hizo que el Rey de Persia, desconfiara de su llegada y concediera a los ingleses el puerto de Jasques (Jask) asentando con ellos contrato muy favorable para sus mercancías.

Silva reanudó su camino desde Xiras el 5 de abril de 1618. Al llegar a Margascán, dejando proseguir su camino al resto de la caravana, se desvió con unos cuantos de los suyos y la guía de un ‘deruís o hermitaño’ para examinar las ruinas de lo que los nativos llamaban Chilminara, “que en la lengua arábiga suena lo mesmo que quarenta alcoranes (minaretes) o quarenta colunas” (Com. I, p. 369). Se trataba nada menos que delas ruinas de Persépolis. Convencido de antemano de la importancia dellugar (Com. I, p. 373), señaló su emplazamiento con cierta precisión, tomando primerocon un sextante sus coordenadas geográficas. Después se llevó alguna documentación iconográfica, ordenando a su pintor tomar apuntes de los bajorrelieves y muestras de la escritura cuneiforme. Fruto de esta inolvidable excursión arqueológica que duró hasta la caída del sol es el capítulo VI del tomo primero de sus Comentarios, expresivamente intitulado por su editor Manuel Serrano y Sanz “Soberuios y antiquíssimos edifiçios de Chilminara”, que constituye la primera descripción científica realizada por un europeo de las ruinas dePersépolis (Com. I, p. 389).

Satisfecha la curiosidad, Silva prosiguió su viaje sin otro percance que el muy desagradable de encontrar degollado el 10 de abril de 1618 en Amanzada (imanzada ‘mausoleo’) a Jusepe Salvador, el fiel intérprete armenio que había servido de correo con España en varias ocasiones (Com. II, p. 10) . Tras esta sensible pérdida, difícilmente reparable,se detuvo enla aldea de Jarustán a una legua de Ispahán, adonde se llegó el 19. Durante los dos días que allí permaneció Silva, en espera de ser recibido oficialmente en la capital, vinieron a visitarle los agustinos y carmelitas asentados en ella, así como los miembros de la colonia europea: una docena de ingleses, tres o cuatro italianos y dos alemanes (Com. II, p. 20). Informado de que el shah se hallaba a la sazón en Farabat (Faharabad), envió sendas cartas al monarcay a su primer ministro, Agamir, notificándolessu llegada y su sentimiento por el asesinato de Jusepe Salvador (Com. II, p. 24). Cuando el rey recibió la carta de don García, ya había sido informado de su llegada a Ispahán por un correo del deroga (daruga) de la ciudad. Abbas la recibió mientras cenaba con Pietro della Valle a quien le preguntó si el embajador era español (“cioè del Regno di Castiglia”) o portugués. El italiano le respondió que tenía parientes de una y otra parte, “ma che d’inclinazione e professione era Spagnuolo” (La Persia I, pp. 250-251). El día 1 de mayo hizo su entrada la comitiva en Ispahán, negándose el embajador (y prohibiéndoselo a su séquito) a prosternarse ante el palacio real, como exigía el protocolo persa a los legados extranjeros. Y en esta ciudad permaneció, agasajado por las autoridades, hasta el 28 de mayo en que, por indicación de Abbas, emprendió el camino a Casbín (Qazvin, Com. II, p. 51).

Como de costumbre, don García da noticia de las incidencias, a veces triviales, de la jornada y de las cosas notables que en ella pudo ver. El día 13 de junio de 1618 la caravana se hallaba ya acampada en Pole Sofián, a dos leguas de Casbín, y el día 15 efectuó el embajador su entrada solemne en la ciudad, acompañado por Daur Cham Dau’ud Khan), hijo de Alaverdecam (Allahverdi Khan) y hermano de Emancolicám (Emamqoli Khan), el gobernador, y Usembec (Hoseyn Beg Zul’-Qadar), el aposentador real. El embajador, que había enviado por delante a parte de sus criados con su equipaje y el presente del shah, iba con el resto de ellos, bien lucidos y bienataviados y con penachos de varios colores,como requería la honra de la embajada. Él, en sus propias palabras, fue “con hábito diferente de lo que su edad y gusto permitía” (Com. II, 79). Se le dio alojamiento en la casa del Cocha Seffer, que era la mejor residencia de Casbín. El embajador omitecuando relata su entrada en Casbín que se anticipó a recibirle, a una milla de la ciudad, Pietro della Valle, el cual fue cabalgando a su lado juntamente con Daur Cham, le acompañó después “in camera” y estuvo charlando con él más de una hora (La Persia I, pp. 324-325), lo que le permitió trazar un excelente retrato de don García como un viejo robusto “molto ben vestito”, un aspecto éste que destaca otro testigo presencial del evento, fray Hernando Moraga(RBE, f. 1v).

 

III. El encuentro con Abbas en Casbín.

Durante el mes y medio de estancia en Casbín enel verano de 1618, el embajador español desplegó una intensa actividad social. Tuvo ocasiones de reunirse cuatro veces con el shah y de relacionarse con los principales personajes de la corte. Su casa estuvo abierta a cuantos portugueses iban por tierra de regreso a la península y a cuantos extranjeros buscaron en ella hospitalidad. Entre ellos se encontraron fray Hernando Moraga, custodio de los franciscanos de Filipinas, y el capitán Mondragón, que llevaban cartas para Su Majestad del gobernador de las islas, don Jerónimo de Silva, con el aviso de la victoria obtenida en Manila sobre los holandeses en 1617 y “la pintura y estampa de la batalla” (Com. II, p. 124). Ambos no habían podido coger a tiempo las naves de Goa y se dirigían por la vía de Babilonia (Bagdad) a España.

Con todo, no puede decirse que la estancia en Casbín le resultara a Silva grata. El shah se mostraba escurridizo y las instrucciones que se le habían dado en España estaban ya rebasadas por las circunstancias. Si en lo fundamental se reducían a convencer al persa de proseguir la guerra contra el turco ypedirlela devolución de los territorios ocupados al reino de Ormuz, ahora había que exigirle satisfacción por la toma de Quéixome y la destrucción de la fortaleza de Comorán, asi como protestarpor la concesión del puerto de Jasques (Jask) a los mercaderes ingleses de Surate, tan perjudicial parael comercio portugués en Ormuz y en la India. No se le ocultaba a Silva la dificultad de su misión, advertido como había sido por los frailes de Ispahán y por Pietro della Valle (Com. II, p. 121) de que el shah estaba firmemente decidido a no devolver nada de lo conquistado. Tampoco se hacía grandes ilusiones sobre el éxito de la negociación; y de ahísu interés porrecibirpronta respuesta para regresar cuanto antes, a ser posible en las naos que zarpaban de Goa en diciembre de 1618, a una patria cuya añoranza le hacían sentir con fuerza los cuatro años de ausencia. De todo ello da cumplida relación Silva ensus Comentarios. Pero, aun así, deja algunos puntos en la penumbra sobre los que arroja alguna luz la relación que, a su llegada a la corte española, hizo de su embajada por orden de su Majestad, fray Hernando Moraga el 30 de enero de 1619.

Resalta, en primer lugar, un pequeño desajuste cronológico entre ambos testimonios. Silva dice que los frailes y soldados castellanos llegaron a Casbín “algunos días antes que el Rey se partiese”, lo que le dio ocasión para mostrar al aposentador mayor, Usembec (Hoseyn Beg Zul’-Qadar), y al secretario de estado, Agamir (La Persia, II, p.105), la pintura antedicha, con la intención de restaurar con la noticia de esta victoriael prestigio militar de los portugueses en la India, muyquebrantado por el desastre de Surate, debido a lacobardíaeineptitud de don Jerónimo de Azevedo, virrey de la India y general de aquella armada (Com. II, p. 124). Según esto, los expedicionarios castellanos llegarían a Casbín entrado ya el mes de julio de 1618.Fray Hernando Moraga, por el contrario, afirma haberse aposentado casi dos meses en casa de don García, haciendo oficio de capellán y de depositario de sus confidencias.De dar créditoa Moraga,éste se hallaba ya en Casbína la llegada a la ciudad del embajador español. Dejar a salvo la credibilidad del testimonio del fraile tiene su importancia para el mejor conocimiento de ciertos aspectos de la embajada como es el de la misma descripción del presente ofrendado al shah.

Entrado en Casbín el 14 de julio, Silva ordenó ese mismo día desempaquetarlo,pero el aposentador real le advirtió de que la entrega del regalo no se efectuaría hasta dos días después. El protocolo exigíaque cada pieza, por pequeña que fuera, la portase un hombre. Así que fueron precisos más de seiscientos, según Silva (cerca de quinientos, según Pietro della Valle; cuatrocientos, según Moraga), para transportarlo en procesión por lascallesprincipales de Casbín, desde el aposento del embajador hasta “la huerta y casa” en la que el monarca iraní le había de recibir (Com. II, pp. 82-83).

Se componía el presente: a) de los objetos y armas que había empeñado en Milán Roberto Sherley y mandó desempeñar el rey de España; b) del regalo propiamente dicho delmonarca español, al que se añadían trescientas cargas de pimienta y unas cuantas de cochinilla; c) de lo que el embajador añadía a lo antedicho por su cuenta. Silva menciona de pasada lo primero, quizá por no estimarlo el verdadero obsequio del monarca español. Pietro della Valle no le presta particular atención,en cambio, a Moraga fue lo que más le llamó la atención por su vistosidad. A diferencia de Pietro della Valle, Moraga nada dice del obsequio personal del embajador; y éste, lógicamente, se muestra más explícito que el religioso en la descripción de las armas y tejidos.Por la relación de Moraga se puede saber el orden en que desfiló todo aquello por las calles de Casbín. Iba en primer lugar el presente del rey de España, precedido por la espada de Felipe III. A continuación venían los que llevaban los objetos y armas del shah desempeñados en Milán. Seguían luego los obsequios del embajador y cerraba el cortejo el gran mastín que se había traído de España.

La entrega del presente fue seguida de una cena en la huerta del rey que terminó a medianoche. Abbas recibió al embajador al tiempo que al Chaus o enviado del Turco, con la deliberada intención de que éste viera la magnificencia del presente que le hacía el rey de España. Durante la reunión, tras un pequeño incidente provocado por la impaciencia de la espera, Silva pudo observar detenidamente al monarca, ya que éste estuvo hablando casi todo el tiempo con el Chaus.Le chocó la espartana austeridad de la cena, la sencillez del atavío y de las armas, así como el aspecto un tanto tosco de su anfitrión (Com. II, p. 89). No obstante, en la viveza de la mirada de Abbas y en su forma de reír las chanzas descubrió el embajador que se las tenía que ver con un interlocutor hipócrita y astuto.

Pasaron los días sin que el persa, pese a las solicitudes de Silva al aposentador real, le convocase a audiencia con la excusa de tener primero que despachar al legado del general turco. Y esto lo llevó muy a mal, por cuanto suponía de lisonja para el Chaus y de menosprecio para el Rey de España a ojos de los europeos presentes en la corte, en especial los mercaderes ingleses. Como había corrido la voz de que el monarca en breve plazo partiría a Soltania (Soltaniya) a reunirse con su ejército, don Garcíahacia el 4 de julio (Com. II, p. 97), se decidió a forzar como fuera un encuentro con el shah .

Silva había enviado unos pliegos de cartas al rey de España por un correo que a tres o cuatro jornadas de Bagdad interrumpió su camino y regresó a Ormuz. Con el pretexto de necesitar un paravana para alcanzarle y tomárselos, anduvo buscando al shah para que se lo despachase y se topó con él a la salida de un bazar en el maidán. Dio Abbas muestras dealegrarse con el encuentro y no sólo accedió a la petición de Silva, sino que le invitó a entretenerse con él en un jardín que allí tenía. Acomodados ambos, en un pequeño cenador, el soberano persa empezó a quejarse de que los príncipes de Europa no hicieran debidamente la guerra al turco, de que el papa no les convocase a todos a esta empresa como cabeza de su religión, de que el rey de España, tan poderoso, se limitase a enviar sus galeras en corso, en vez de tomarle Chipre, Rodas o Negroponte. En esto último reconoció Silva la intervención maligna de algunos hombres de Europay lo mejor que pudo se esforzó por dar satisfacción a las quejas de su anfitrión. La unión de los príncipes europeos no era fácil, por tener cada uno sus fines particulares. La autoridad del Pontífice sólo se ejercía en lo espiritual y no en lo temporal. Aun así, sus fuerzas estaban siempre unidas con las del rey de España y con las de lospríncipes de Italia, en la espera del momento oportunopara atacar al enemigo común(Com. II, p. 99). Las galeras españolas corrían sin reposo los mares de Levante, haciendo grandes estragos en las costas de Grecia y Berbería, lo que obligaba al turco a tener ocupado en su defensa a lo mejor de sus fuerzas.

Pero como Abbas no cesase de enaltecer sus triunfos y de minimizar la acción de los europeos, sin salir de ahí, Silva, ya harto, le planteó crudamente que considerase sin apasionamiento cuál de los dos reyes, el de Persia o el de España,estaba más obligado al otro. El persiano no combatía sino por recuperar lo suyo; el español no guerreaba por esa necesidad, sino por enemistad al turco y por cumplir lo que le había prometido (Com. II, p. 101). En este momento, para evitar que la conversación continuase por tan peligroso derrotero,Abbas mandóvenir a fray Juan Tadeo de San Eliseo, vicario del convento de los carmelitas de Ispahán, con los Salmos de David y el Nuevo Testamento que había traducido al persa. Y así, con su astucia acostumbrada, desvió la conversación a temas espirituales (Com. II, p. 102). Relajada de esta manera la tensión, se sirvió la comida y la plática tomó otro giro más mundano. A los postres el rey entró de nuevo en trance contemplativo y, conforme iba bebiendo, miraba al cielo, rezaba y derramaba abundantes lágrimas (Com. II, p.105). De repente, cuando menos se esperaba, preguntó por los daños que le hacían al turco las galeras del Rey de España, a lo cual respondió el embajador enumerando todas las operaciones de sus armadas en Levante y Berbería los últimos veinte años. Pidióle relación escrita en lengua persa de todo ello el shah. Y cuando parecía que la conversación iba a abordar los problemas pendientes, el shah,prosiguió la espiritual y devota (Com. II, p.106). Habló del respeto que siempre había tenido a los templos e imágenes de los cristianos, hizo tan grandeselogios de la Virgen y de la humanidad de Cristo, que el embajador se vio obligado a asegurarle que con razón era tenido por cabeza de su religión y que daba ejemplo a los cristianos francos allí presentes. Y con esto se acabó el banquete.

De la amplia relación ofrecida por Silva de esta su sorprendente entrevista con Abbas se saca el convencimiento de que no omitió detalle alguno. Sin embargo, esprobable que en el transcurso de ella se tocaran otros temas que se dejó en el tintero deliberadamente o por descuido.Por ejemplo, es probable que Silva le pidiera a Abbas autorización para regresar a España por otro camino, como se puede inferir del testimonio de Fray Hernando Moraga que obtuvo puntual noticia de esta audiencia por el propio embajador y por fray Juan Tadeo. El embajador estaba tan indignado del mal trato que le habían dado los portugueses, como si no fueran todos vasallos del mismo rey, que solicitó al monarca iraní regresar a España por la vía de Moscovia para no volver por Ormuz ni Portugal. Abbas no sólo le dio su permiso, sino que le prometió enviar con él un embajador suyo al moscovita para facilitarle su camino en Rusia (RBE, fol. 5r).

Los días siguientes a este primer contacto, Silva recibió a diario la visita del aposentador real con lospanes y piezas de caza (Com. II, p. 107) que le traía de parte del shah, el cualleinvitó en dos ocasiones a acudir al maydán (meydan ‘plaza’). La primera de ellas hacia el 11 de julio para contemplar el presente que le enviaba el gobernador de Sirván(Shirvan, Com. II, p. 110), la segunda en torno al 14 para que le viera ‘jugar a la chueca a caballo’ (Com. II, p. 113). Al despedirse, esta vez Silva suplicó una audiencia y el rey se la prometió “para otro día”. El 19 de julio recibió la invitación del rey a acompañarle en su paseo por el maydán. Silva decidió no desaprovechar la ocasiónpara hablarlecon toda sinceridad, y advirtió a su intérprete “que le haría matar, si no aclarase al rey quanto le dixesse” (Com. II, p. 118) y con esta firme decisión inició la plática con Abbas mientras cabalgaba a su lado. Alargábaseel rey en sus repetidasquejas, y viendo Silva que se echaba encima la noche sin haber resuelto nada, pidió permiso para hablar sobre el reino de Ormuz (Com. II, p.120). Concedida la venia de mala gana, el embajador denunció el quebrantamiento de la amistad con el rey de España que suponíala ocupación de Bahrein,luego la de las tierras del Mogostán, y últimamente la de la fortaleza de Comorán y la isla de Quéixome (Com. II, p.120). Muy alterado, le replicó el shah que no había hecho sino recuperar lo suyo. Repúsole Silva que desde hacía ciento diez años aquellos territorios habían sido posesión de los reyes de Portugal y que sus antecesores jamás habían extendido sus dominios hasta el borde del mar. Por la turbación del intérprete, don García se percató de que trasladaba fielmente sus palabras. Se lo confirmó la iracunda reacción de Abbas, que sin responder palabraespoleó con gran furia al caballo y se fue (Com. II, p. 120).

Al regreso a su posada, acompañado por el maimandar (mehmandar ‘aposentador real’), Silva recibió, pese a todo, los habituales obsequios del rey. Días después, hacia el 20 de julio, vino a verle Usembec con el aviso de que Abbas partía hacia Soltania, para recibir la embajada del rey de Laor y que por esta causa se alegraría de tenerlo allí tres o cuatro días, y que luego lo despacharía para que se volviese a Ormuz (Com. II, pp. 121-122). La noticia llenó de gozo a toda la familia del embajador. Al día siguiente, ya estaba todo listo para la marcha y Abbas por medio de su aposentador le hizo llegar a Silva su agradecimiento por querer acompañarle (Com. II, p. 122). Pero la mala fortuna desbarató el proyecto. Ese mismo día llegó aviso del gobernador de Tabris (Tabriz) de que el general turco se había desplazado desde Caramit (Qara Hamid) a Van (Van) con un enorme ejército. El shah cambió sus planes y salió para Ardevil (Ardabil), pasándole recado al embajador de que, no habiendo tiempo para detenerse en Soltania ni de recibir allí a la legación del Mogor, se fuera a Ispahán para aguardarle en aquella ciudad (Com. II, p. 122). El disgusto de Silva y de los suyos fue inmenso, ya que el regreso acasa se retrasaría por lo menos un año. Cae por tanto por su base la especulación de Pietro della Valle (La Persia I, p. 347) de que el demorar tanto tiempo la partida de la embajada obedecía a una de estas tres razones: o que el rey se vengabaasíporque el embajador español no había querido acompañarlo, o porque era su costumbre entretener largo tiempo a las legaciones extranjeras, o porque quería cerciorarse del resultado de la guerra antes de despedirlo.

El embajador salió de Casbín la tarde del 27 de julio de 1618, cuando era inminente la llegada de la legación del Mogor, que venía a consolarle a Abbas por la muerte de su primogénito a quien él mismo había mandado matar, con tal pompa y tan gran número de gente que, al decir de fray Hernando de Moraga, más parecía la jornada que los Hebreos hizieron por el desierto que embajada de un rey a otro(RBE, fol. 7r). Estando ya de camino, don García recibió en el caravasar de Dolatabat (Doulet-abàd, La Persia II, p. 18) un correo de Felipe III. El monarca dejaba a su arbitrio entrar o no en Persia. La carta, se queja el embajador, le llegó a destiempo. Si la hubiera recibido en Ormuz, no hubiera pasado a tierra firme(Com. II, p. 326).Resignadamente, pues, prosiguióel viaje y llegó a Ispahán el 13 de Agosto, donde esperó pacientemente a recibir el permiso del shah para regresar a Ormuz todo el verano y el otoño de dicho año, así como el invierno, la primavera y gran parte del verano del siguiente de 1619,suponiendo que el persa le detenía hasta enterarse de cómo se recibió a Roberto Sherley en España. Y un hecho fortuito le confirmó en sus sospechas. Un armenio le trajo un pliego de cartas que le había entregado para que las llevara a Ispahán un árabe que había dejado muy enfermo camino de Bagdad. Como “el sobre escrito” venía “en letra de francos” y no sabía a quién se lo debía dar, se lo llevó al embajador. Una de las cartas era para fray Juan Tadeo y otra para el rey de Persia, escritas desde Lisboa por Roberto Sherley a los pocos días de su llegada, firmadas ambas con el nombre persa de Bezabda que el monarca iraní le había dado. En la dirigida al rey, que le tradujo un alfaquí o mulá persiano que acudía a su posada, el inglés informaba del mal recibimiento que se le había dado y aconsejaba retener en Persia al embajador hasta su regreso (Com. II, pp. 340-341).

Durante su larga estancia pudo el embajador comprobar el aislamiento al que le tenían sometido el capitán de Ormuz, don Luis de Gama, y los religiosos agustinos portugueses de Ispahán, que interceptaban tanto las cartas que enviaba a España como las que de allí le mandaban, y hacían todo lo posible para desprestigiarle ante los mismos persas (Com. II, p. 359). Pese a todo, el sentido del deber le obligaba a tomar determinaciones que estimaba inútiles o herían su orgullo de noble castellano. Así, aun a sabiendas de la inutilidad de la gestión, envió a primeros de diciembre de 1618 a Farabat, donde a la sazón se hallaba Abbas, a fray Melchor de los Ángeles con una carta de Felipe III despachada por el Consejo de Portugal en la que se aceptaba tanto el trato de la seda propuesto por don Roberto Sherley, como el envío de una armada para cerrar la navegación por el Mar Rojo (Com. II, p. 360). Y como se imaginaba, el shah se negó a recibir al religioso y por medio de su secretario Agamir le dijo que no necesitaba la armada por el Mar Rojo, ni el contrato de la seda, porque tenía capituladas paces con el Turco y pensaba enviarla toda a Alepo, y que no estaba dispuesto devolver un solo palmo de tierra de lo que había ganado (Com. II, p. 360). Así que fray Melchor vino mohino con la seca respuesta del monarca y se aprestó para ponerse en camino a España con ella, donde ya había enviado aviso don García de lo poco que se podía esperar del rey de Persia.

Abbas regresó a Ispahán en la primavera de 1619 y se presentó de improviso en la posada del Embajador a saludarle cortésmente, diciéndole que así era como se debían tratar los amigos (Com. II, p. 363). Lainesperada visita la relata Pietro della Valle con mucha mayor viveza y sentido del humor (La Persia II, p. 11).El día de la entrada solemne de los embajadores enla ciudad,habiéndose impacientado don García por no encontrar al rey, volvió a su posada y allí tuvo que ir apresuradamente un criado suyopara decirle que el monarca le estaba esperando con los embajadores para comer en palacio (Com. II, p. 368). En este convite al que asistieron los carmelitas fray Juan Tadeo y fray Juan Leandro, los agustinos fray Diego de la Resurrección y fray Bernardo Azevedo, y los gentilhombres del embajador, el monarca iraní se empeñó en que fray Juan Tadeo le tradujese una carta credencial que había traído fray Bernardo de la corte para el embajador español. Con disgusto de éste así lo hizo el religioso en presencia de todos los demás embajadores. Abbas prometió darle larga audiencia.

Por fin, el viernes 2 de Agosto de 1619, convocados todos los embajadores en el maidán, Abbas se acercó al español a preguntarle qué le quería decir de parte de su rey y qué le quería pedir personalmente (Com. II, p. 407). Don García, creyendo quesu intención era la de oirle ‘sumariamente’, replicó que lo mismo que le había dicho en Casbín y por medio de fray Melchor de los Ángeles en Farabat y que de su parte sólo le pedía licencia para marcharse a Ormuz. Pero el rey insistió en escucharle más despacio llevándoselo a una parte retirada del maidán y allí, en presencia de altos dignatarios persas, así como de fray Juan Tadeo y de Domingo Rodríguez, intérprete natural de Ormuz, vista su buena disposición, don García trató primero de convencerle a aprovechar la división de los turcos sobre la sucesión del trono para hacerles laguerra (Com. II, p. 408-409) . Pero Abbas cortó el razonamiento, diciendo que, si los cristianos la hicieran en Europa, él la haría en Asiahasta tomar Jerusalén, “la cual les entregaría luego” (Com. II, p. 409) . Pasó entonces el embajador a recordarle su obligación de restituir Bahrein, Quéixome y Comorán al rey de Ormuz y a no admitir ingleses ni extranjeros en el trato de la seda, a lo que “con quieto y apazible semblante” replicó «que al rey de España, su hermano, no le importaba nada que el poseyese aquellas islas y fortalezas, o que las tuviese el rey de Ormuz, pues siendo ambos mahometanos, el otro era Suní y por esto de ley más enemiga de los francos que la suya» (Com. II, p. 410). Al embajador lógicamente le pareció “muy de burla” la respuesta y volvió a insistir sobre la mutua obligación de los aliados de restituir a cada uno lo suyo, pero, como solía hacer cuando el asunto tratado le desagradaba, el rey se explayó en “grandes alabanzas de la humanidad de Cristo y de la pureza de Nuestra Señora” y luego preguntó a don García si se le ofrecía pedir personalmente algo. Este se limitó a solicitar las provisiones necesarias para su viaje a Ormuz y su permiso para que tanto los agustinos, como los carmelitas,pudiesenconstruir sus conventos en Ispahán. Así se lo prometió Abbas,que ayudó a levantarse a don García y le “abrazó, llamándole padre y diciendo que siempre sería grande amigo”. Emocionado por el gesto,éste “le besó la mano, cosa que nunca hasta entonces había hecho” (Com. II, p. 411)y el rey le volvió a abrazary se despidió de él.

Una enfermedad que retuvo en cama al embajador veinte días retrasó su marcha hasta el 25 de Agosto de 1619. Le acompañaron enla salida de Ispahán todos los francos que allí estaban, salvo Pietro della Valle “per la poca corrispondeza” ( La Persia II, p. 61)que había tenido con él.Al día siguiente se le incorporaron a la comitiva fray Dimas de la Cruz, carmelita italiano, y fray Manuel de la Madre de Dios, un agustino portugués. Estando de camino, el día 3 de septiembre, topóse don García con un soldado que le enviaba el capitán de Ormuz, don Luis de Sosa, creyendo que aún se hallaba en Ispahán, el qual le llevaba un pliego del rey de Españaque había traídoun correo por la vía de Basora. Contenía dicho pliego, instrucciones para el embajador, una carta de Felipe III y otra de Roberto Sherley al monarcairaní sobre el trato de la seda por Ormuz y la India y el bloqueo del Mar Rojo por una armada delrey de España (Com. II., pp. 418- 419). Los ministros del monarca, desatendiendo las advertencias de don García sobre el poco fundamento de las propuestas del inglésyde fray Redento de la Cruz, se habían creído que «concedidas las tales condiçiones, el rey de Persia restituiría a Bahrén, Quéixome y la fortaleza de Comorán». Los galeones se habían dado ya a la vela con el dicho fraile, quedándose don Roberto en España. Y una vez más, aunque profundamente desengañado, el embajador cumplió con su deber y despachó al mismo mensajero con las cartas del monarca español, otra suya para Abbasconforme a las instruccionesrecibidas y otra para fray Juan Tadeo a fin de que se las entregase y leyese alshah (Com. II, pp. 420-422) .

Lacorrespondencia le fue entregadael 16 de Septiembre por fray Juan Tadeo al monarca, el cual se la confió al religioso para que se la tradujese diciéndole que regresase al día siguiente para leérsela. Al lado del religioso estaba cuando la abrió en casa Pietro della Valle (La Persia II, p. 62), quien, siempre con información de primera mano, comenta las razones que le movieron a don García a entregársela al carmelitay refiere puntualmente el contenido de las cartas del Rey de España, de don Roberto Sherley y del embajador. El de las primeras es el ya conocido, la de don Roberto se remitía a laque enviaba por mediación de fray Redento y la del embajador al shah contenía una advertencia y una amenaza menos velada que la de la carta del monarca español. Si el rey de Persia no restituía lo que pretendían los portugueses, éstos se ayudarían a sí mismos haciendo uso de los galeones (La Persia II, p. 65).

Como había delegado la negociación en fray Juan Tadeo, el embajador español le ponía en conocimiento de las instrucciones que había recibido. El Rey de España no insistía tanto en la devolución de los territorios ocupados por el shah, inclusive Quéixome (La PersiaII, p. 64-64), como en que no diera puerto a otras naciones ni refugio acorsarios como los ingleses (ibid., p. 62). Antes de leer las cartas, quiso Abbas que fray Juan Tadeo le informasede su ‘substancia’, y enterado de ella dijo que el negocio de la seda lo resolvería inmediatamente(ibid., p. 62). El 17 de septiembre, convocados los armenios de Julfa (Djolfa), los ingleses y el padre prior de los carmelitas, Abbas organizó la subasta pública de la seda de Persia proclamando que se la vendería al mejor postor. Habló primero fray Juan Tadeo, diciendo que no tenía orden de España de ofrecer precio alguno. Tampoco los ingleses hicieron su oferta y la seda seconcedió a los armenios por un elevado importe (ibid., p. 67).

El tres de octubre fuellamado fray Juan Tadeo por Abbas para leer la carta del rey de España, sin ser recibido en audiencia. Al día siguiente, el monarca se hizo llevar la traducción de las cartas por el maimandar,el cual le refirió al religioso la reacción del monarca cuando las hubo leído. En lo referente a la restitución de los territorios, había dicho coléricamente que no había robado nada a los portugueses, en lo tocante a la seda, que se reía de tantas condiciones como le proponían,en cuanto a la amistad del rey de España, que le importaba poco, y que con un solo soplo habría tomado Ormuz, si hubiera querido. Especialmente pareció irritarle la carta de don García que rompió en pedazos, mientras paseaba dando evidentes muestras de desagrado (ibid., p. 68) en presencia de sus más altos dignatarios. No obstante, mandó responder a don García que el rey de España le comunicaba la llegada de fray Redento con las instrucciones precisas para tratar de estos negocios. Asimismo, ordenó a unembajador suyo prepararse para ir a España (ibid.).

Don García llegó a Xiras el 7 de Septiembre de 1619, donde permaneció siete días ypudo enterarse de la ejecución de Moysén, el confesor de la madre de Timuras (Com. II, p.425), falsamente acusado de adulterio con la mujer de Assenbec (Hoseyn Beg), el chanciller del Chan de esta ciudad. El 17 de Octubre se encontraba ya en el Bandel, donde le vino a visitar su gobernador Soltan Alaverdi (Allaverdi Beg) poniendo dificultades y reclamando ‘algún presente’, como había hecho el de Lara en una etapa anterior. Pero cuandoel embajador ya estaba dispuesto a escribir al monarca iraní para informarle del caso,“vinieron a gran priesa”(Com. II, p. 450) a comunicarle que ya le tenían todo dispuesto para el traslado a Ormuz, de modo que el 19 de Octubre de 1619 se hallaba allí de regreso.

Permaneció el invierno en Ormuz don García a la espera de querecalasen de Goa las naos de la monción.La estadía le dio ocasión de percatarse de los males que afectaban a la isla. Dos largos años de sequía le habían servido de pretexto al gobernador del Comorán para aumentar las tasas del agua y de los víveres de que se abastecía, los habitantes vivían amedrentados ante el temor de una invasión persa, la fortaleza no tenía plaza suficiente para dar cabida a la gente que habría de refugiarse en ella en caso de un ataque, ni mantenimientos para más de quince días. El capitán tampoco tomaba las medidas adecuadas para una defensa eficaz, y para colmo de incompetencias hizo correr el falso rumorde que don Hernando de Albuquerque, que por fallecimiento en noviembre de 1619 del virrey conde de Redondo quedaba como gobernador del estado de la India, se dirigía a Ormuz con una gran armada.La reacción de shahfue ordenar al Chan de Xiras tener apercibidas 300 terradas y 15.000 hombres en el extremo occidental de la isla de Quéixome. El gran temor les hizo al rey, al goazil, al oidor y al veedor de haciendarefugiarse en la fortaleza, ya los vecinos acaudalados depositar en elladineros y joyas. Pero los persas en lugar de venir contra Ormuz pasaron a Julpha en Arabia (Com. II, p. 464) y regresaron tras haber asolado un lugarejo, donde se había asentado Alicamalun, árabe del Niquilu en la costa del reino de Lara, por desavenencias con el shah y el chan de Xiras (Com. II, p. 467).

Pasada la alarma, el embajador empezó a preparar su regreso a Goa, no sin antes haber despachado a España a su secretario Saulisante con cartas al rey informándole sobre lo sucedido en Persia y del estado en que se hallaba Ormuz. Pero, como transcurriese gran parte de Marzo y las naos de la monción de Goa no hubiesen llegado, decidió embarcarse con parte de su comitiva en un pequeño patache procedente de Cochín el 5 de Abril, y después de una agitada travesía en la que no faltaron tormentas, calmas chichas y peligro de corsarios malabares, la embarcación llegó a Goa el 25 de Abril de 1620.

 

IV. La segunda estancia en Goa

Una vez alojado el embajador, hacia el 10 de Mayo llegaron en las naos de la monción los criados que había dejado en Ormuz, entre ellos Diego Lobo a quien todos daban por muerto, malherido como había sido de una estocada a traición por la espalda y de un arcabuzazo el día en que el embajador se embarcó. En el caso, comenta sarcásticamente don García, sucedieron “dos cosas notables”,la curacióndel herido contra todo pronóstico y el que no se hiciera diligencia alguna para esclarecerlo por parte de las autoridades de la isla (Com. II, p. 490). En una de esas naves llegó también Caya (Kaja) Soltán, el embajador que el rey de Persia enviaba a España y que había coincidido con don García en Ormuz (ibid.).

Como se dilatase la estancia en Goa, durante la cual se declaró una epidemia de peste con gran mortandad(Com. II, p. 487-488) yse retrasasen las naos del viaje,el embajador decidió embarcarse en una vieja carabela recién llegada de Portugal,chocando con la oposición del gobernador que alegaba necesitar los marineros que en ella habían venido. Los buenos oficios de los amigos lograron que le permitiera usarla a condición de que la armase a su costa y pagase a la tripulación. Llamábase la embarcación “NuestraSeñora de Nazareth” y en ella se dio a la vela el 19 de Diciembre de 1620 el embajador con su séquito.Abarrotada de gente y de mercancías, apenas había lugar en ella para acomodar las ocho piezas pequeñas de artillería que traía en prevención de los ataques de los piratas malabares, que en efecto aparecieron a la vistaen once paroes poco después de salir de la barra de Goa. La carabela logró zafarse de ellos gracias a la oportuna intervención de un criado del embajador, Gutierre de Monroy, el cual advirtió de que cuanto más en la mar se adentrase la nave, mas viento se encontraría y más lejos la llevaría de las embarcaciones malabares. El embajador se dio cuenta de lo acertado del consejo, y ordenó proseguir el rumbo. Los paroes se retiraron (Com. II, p. 501).

La carabela arribó a Mozambique el 17 de Febrero de 1621, y como le fuera imposible proseguir el viaje a Europa por la violencia de los vientos contrarios emprendió el regreso a Goa el 14 de Marzo. Llegóse el 28 de Mayo a Goa, donde la falta de pericia del piloto (Com. II, p. 546) a punto estuvo de provocar una catástrofe. La nave chocó en un banco de arena, el timón se hizo pedazos, cayeron las velas, mientras esperaba a su costado la manchua del patrón mayordel puerto. En ese momento, dice Silva, uno de sus criadosle asió de unbrazoy le dijo que se pusiera a salvo antes de que la nave zozobrase. El embajador se deslizó por una cuerda a la manchua que allí estaba esperando donde le recogió otro criado (Com. II, p. 557).

No se le puede perdonar a don García de Silva y Figueroa, tan cuidadoso siempre en el detalle, que no nos dé el nombre del ‘criado’ o de los ‘criados’ que le atendieron, porque con ello nos hubiera revelado el del autor de las anónimas Relaciones manuscritas de la Biblioteca Nacional de Lisboacuya versión de los hechos es bien distinta, ya que refiere como en ese trance estuvo a punto de perder la vida por salvar la del embajador, yendo a buscarle primero a su camarote, llevándole después apoyado en su hombro, y saltando por último a una almadía con riesgo de ahogarse por no saber nadar (Rel. fols. 81r-82r).Y puestos a suplir la falta de información de Silva, con todas las reservas a que obliga el caso, sugiero que tal vez sea Gutierre de Monroy ese anónimo autor, basándome en los siguientes hechos.Eltener directo acceso apersona tan celosa de su autoridad como don García de Silva y Figueroa indica un grado de familiaridad impropio de un simple criado. La rapidez de reflejos que demostró tener ese supuesto criado en esta ocasión coincide con la tuvo Gutierre de Monroy frente a los corsarios malabares. El autor de las Relaciones estuvo presente en la audiencia que dio el shah en Ispahán a los embajadores a la que tambiénasistieron los gentiles hombres del embajador español.

Pero volvamos a lo nuestro.Instalado Silva de nuevo en Goatampoco recibió de las autoridades portuguesas ni el debido apoyo ni el trato que le correspondía. Por añadidura, tuvo la desgraciade asistir a la acumulación de desastres que se abatieron sobre el estado de la India. El 22 de Agosto le sorprendió la explosión del polvorín que causó graves daños a la ciudad.En 1622 se enteró del fracaso de Ruy Freire en Quéixome y de la toma de Ormuz. Ese mismo año llegó a Goa la nao Sancto Thomé, a la que echó don García el ojo para su regreso a España.Pero el destino le reservabanuevas dilaciones. Para desgracia suya llegó como nuevo virrey de la India el Conde da Vidigueira, precisamente una de las personas que más se había opuesto a su nombramiento como embajador, y a pesar de la insistencia de éstepara que se le diera pasaje en la nao Sancto Thomé, el virrey hacía oídos sordos, ocupado como estaba del todo “en sacar dineros de la miserable gente de Goa con increíbles y jamás usadas exacciones» (Com. II, p. 604). Su proceder le hizo sospechar a don García que hacía todo lo posible para que “nadie pudiese dar razón de él en España sino aquellas personas que él quisiese” (Com. II, p. 607).

Silva, que había acudido al maestre y al piloto de la nao Sancto Thomé a comprarlespasajes por el precio que quisieran (Com. II, p. 605),pudo al fin embarcarse el 28 de Enero de 1624 (Com. II, p. 607-608).Durante la travesía, fiel a su costumbre, continuó escribiendo sus anotaciones diarias, que se interrumpen el 28 de Abril. Una nota final de una copia incompleta de los Comentariosconservada en la Biblioteca Nacional de Madrid y que fue publicada por don Manuel Serrano y Sanz (Com. I, p. XVII, nota 1)nos informa de quemurió el 22 de Julio de 1624 a las ocho de la noche, del mal de Loanda, en 35 grados de Norte, ciento y diez leguas de las islas de Flores y Cuervo.Por una ironía del destino don García fue víctima del ‘mal de Loanda’ o escorbuto que conoció y describió con detalle durante su viaje de ida a Goa (Com. I, pp. 85-86). El autor de las Relaciones, el cual por hallarse enfermo en Goa no pudo embarcarse con el embajador, lamenta la pérdida de “tan ilustre, grato, prudente y valeroso señor” y que diera “el largo y salado mar sepultura a sus nobles y ancianos huesos”. Con él se llevó “la verdadera, discreta y desapasionada relación” de los males que aquejan a la India y la posibilidad de que con su conocimiento pudiera Su Majestad ponerles el debido remedio (Rel. fols. 82v-83r).No cabe mayor elogio de la persona y de la leal, aunque infructuosa, gestión de don García de Silva y Figueroa.

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1. García de Silva y Figueroa, Epistolario diplomático. Edición y estudios preliminares de Luis Gil, Cáceres, Institución Cultural “El Brocense”, 1989.

2. Comentarios de D. García de Silva y Figueroa de la embajada que de parte del rey de España don Felipe III hizo al rey Xa Abas de Persia. Los publica la Sociedad de Bibliófilos Españoles, Madrid, 1903, 2 vols.

3. Ms BNL, fondo geral 580, fols. 31r-83v.

4.Viaggi di Pietro della Valle il Pellegrino. Descritti da lui medesimo in Lettere familiari all’erudito suo amico Mario Schipano, La Persia, In Roma, A spese di Biagio Deuersin, MDCLVIII. All’ Insegna della Regina. Con licenza de’Svperiori, et privilegio. Dos vols (parte prima, seconda).

5.Relacion breve de la embaxada y presente que la Magestad del Rey don Felipe Tercero Rey de las Españas, y Emperador del Nueuo mu(n)do, hizo a Xaabay Rey de Persia clarissimo: la qual Embaxada dio Don García de Silva y Figueroa su Embaxador, el año passado de 1618. Años, hecha por fray Herna(n)do Moraga, Custodio de la Prouincia de San Gregorio de Filipinas, que se halló presente en la Corte del Persiano y vio la dicha embaxada y presente: auiendo venido de Manila, a Malaca Azilan, Oromuz, Persia, Babilonia, y passado por el desierto de Arabia, Assyria, Tripoli, y de allí a Chipre, Candia, Malta, Francia y llegó a esta Corte este presente año de 1619. A 30. de enero y fue bien recebido de su magestad por cuyo mandado hizo esta relación: y otra de su viage, cosa marauillosa y digna de saberse.

6. Delfarsitarrak, un tipo de embarcación sin cubierta.

7.El expediente de los hechos remitido desde Goa, se puede ver en AGS E 437; cf. ED, docs. 26, 28, pp. 22, 224.

8.“Relación de la Jornada de Dom García de Sylua Embaxador, dada por Fr. Melchor de los Ángeles”(Madrid a 30-XII-1619) en ms.BNM 2348, fols. 519r-520v

9.“Aspan 1618. El Padre Melchor de los Ángeles a 18 de Enero a Jhoan de Ziriça, Secret(ari)o mayor del Consejo de Estado”, AGS E 265, sin foliar.

10. Silva no menciona que en Ormuz se le murió el intérprete que traía de España y que allí contrató a Jusepe Salvador. Asesinado éste, no quiso tomar a su servicio otro muycompetentepor lo mucho que le pedía y contrató a otro armenio que conocía bien el persiano, pero “sabía poco del español” (ms BNM 2348, fol, 519v). También, con su santa intención, fray Melchor subsana el olvido.

11. Según fray Melchor de los Ángeles el rey le invitó a acompañarle a Soltania, prometiéndole que allí le despacharía. El embajador, pretextando su edad y tener enfermos a sus criados, se excusó, lo que le molestó al persa. Avisado de ello, don García se ofreció a marchar con él, pero el rey ya no quiso y le ordenó ir a Ispahán (ms. BNM 2348, fol. 519v).

12. En Madrid elevó el 30-XII-1619 el informe sobre la embajada de don García (ms. BNM 2348, fols. 519r-520v) ya citado.

13. Es sin duda la larga carta de LM 12, fol. 150 (“Descifrado de carta de S(ua) M(a)g(esta)de para o Embaixador de Persia dom Garçia de Silva e Figueroa, 14 de Março de 1619”).

14.“O que se ten assentado acerca da amizade que El Rey de Persia polo seu embaixador mandou offerecer a S(ua) M(a)g(esta)de e do comercio e tratto de seda, que tudo se ha de capitular, e assinar na Persia polo mesmo Rey e polo Embaixador de S(ua) M(a)g(esta)de em virtude dos poderes que se lhe manda” (LM 12, fol.148). Los diferentes puntos del acuerdo pueden verse también en el informe de fray Redento a Roma (AGC, 234-e, fol. 5) y en los ms. BNM 2352, fols. 486r-488r y 11077, fols. 186v-187v. y sus líneas generales en La Persia II, p. 64.

15. Con fecha de 8-II-1620 Fernão de Albuquerque comunicaba al Rey la llegada de don García a Ormuz y que el ‘veedor de fazenda’ se quejaba de que le importunaba reclamándole el pago de lo que se leadeudaba. Y añadía que haría lo mismo en Goa sin que se le pudiera satisfacer por falta de fondos. En cuanto al trato de la seda, estimaba que Abbas no cumpliría el acuerdo, porque ya la tenía contratadacon los ingleses que ese año habían llegado a Jasques con cinco naves (LM 12, fol. 140).

16. En cambio, el gobernador don Hernán de Albuquerque en carta al rey de 16-XII-1620 refiere que don García no quiso ir en la nao en la que dio pasaje al embajador del shah por estimar que “não iria bem acomodado” y que le concedió la carabela en la que podría llegar al Reino en Mayo (LM 15, fol. 41).

17. El 15-II-1622 Fernão de Albuquerque escribe al rey comunicándole que habiéndole asignado ‘gasalhados’ a don García, éste “se resolueo em não ir este anno”, como prueba la copia del escrito que envió al secretario “que vainestas vias”. Dice el escrito (que no es copia sino original autógrafo de Silva, como he podido comprobar personalmente): «Beso las manos a V(uesa) M(erced) por el cuydado y merçed del S(eñ)or gouernador, pero siendo ya tan tarde, que se aurá de hazer el viage fuera de monçión, y yo no me hallo con salud para lleuar los trabaxos q(ue) en los tales viages q(ue) fuera de tiempo se padecen, estoy resuelto de no embarcarme este año, aunq(ue) sea tan mala la vida que yo tengo en Goa. Dios guarde a V(uesa) M(erced). De mi posada, 15 de enero de 1622. Don García de Silva y Figueroa» (LM 15, fol. 233).

18. El conde da Vidigueira en carta al rey fechada en enero de 1624 informa: «Dom Garcia da Silua [...] se embarca na nao S. Thome q(ue) ora vay para o Reino. E eu o procurey acomodar nella e lhe dei o anno passado mil pardãos de ajuda de custo». Así se escribe la historia.

 

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